Impresionismo
La pintura
impresionista nace a partir de la
segunda mitad del siglo XIX y quiere, a grandes rasgos, plasmar la luz y el
instante, sin importar demasiado la identidad de aquello que la proyectaba. Las
cosas no se definen, sino que se pinta la impresión
visual de estas cosas, y eso
implica que las partes inconexas dan lugar a un todo unitario (algo que años después demostraría científica y psicológicamente la
Gestalt).
Resumiendo, este movimiento se caracteriza por el uso
de colores puros sin mezclar («todo
color es relativo a los colores que le rodean»), el
hecho de no
ocultar la pincelada, y por supuesto
darle protagonismo ante todo a la
luz y el color. De esta manera las formas
se diluyen imprecisas dependiendo de la
luz a la que están
sometidas, y una misma forma cambia dependiendo de la luz arrojada sobre ellas,
dando lugar a una pintura totalmente distinta.
Por ello, y a partir de los paisajistas de la escuela de Barbizon, los
impresionistas se centraron en la pintura
al aire libre, buscando plasmar el
cambio de la luminosidad, el instante.
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